-Sandy,
despierta, vas a perder el autobús a clase. Llevo un montón de tiempo llamándote
y cuando parece que te vas a despertar te vuelves a dormir.
-¡Es
verdad, llego tarde!
-¡Corre,
vístete, el desayuno está servido!
-A
noche estaba muy cansada y esta mañana seguía estándolo.
Ya son
las ocho menos veinte, el autobús pasa a menos cuarto, supongo que me tocará ir
en bicicleta o que me lleve mi madre, aun que a lo mejor así ya le entra en la
cabeza que necesito un ciclomotor, aquí todo el mundo tiene uno, son como las
bicicletas en China.
Y se me
escapó una pequeña carcajada al pensar eso.
Me colgué
mi mochila de un hombro, y me despedí de todos. Mi padre ya había ido a
trabajar; y supongo, que mi hermano estaría en clase, no lo vi a noche y por la
mañana tampoco. No se donde se meterá.
Salgo a
la calle, hace frío, y lo odio, estoy deseando que lleguen esos días veraniegos
de viajes y playa.
El
autobús está al doblar la esquina, espero que no se me haya escapado.
Ya llevo
mis auriculares colgados al cuello, soy de las que piensan que la vida sin
música no tendría sentido, y que hay una canción para cada momento del día.
Menos
mal, el autobús aun esta hay, va a cerrar las puertas. Echo a correr, muy
rápido, la calle no es muy larga, pero si no me ve, se irá; obvio.
Me ve,
vuelve a abrir las puertas.
-Sandy,
siempre eres la misma.
-Es que
la cama me necesita entre sus sábanas.
Y el
conductor me suelta una sonrisa.
-Venga
pasa.
Paso,
casi todos los asientos están ocupados, veo uno al fondo, al lado de una chica,
creo que es nueva; camino hasta él mirando de un lado para otro por curiosear
la gente que hay en él, es una manía, quizás lo haga sin darme cuenta.
-Perdona,
¿esta ocupado?
-No,
puedes sentarte.
-Muchas
gracias.
Creo
que la chica tiene unos años menos que yo.
-¿Cuántos
años tienes?
-Quince.
¿Y tú?
-Diecisiete.
-Y tu
nombre es…
-Sandy.
–Le corto antes de que acabe la frase. -¿Y tú?
-Me
llamo Nicky.
-Encantada.
Y las
dos soltamos una sonrisa simpática; pienso que no puedo establecer mas
conversación con una persona a la que no conozco de nada, podría resultarle
incomodo, así que dejo así la conversación ahí, y ella también lo hace.
Hemos
llegado al instituto. Me levanto, y Nicky sale casi corriendo mientras me mira
y dice adiós, casi sin vocalizar.
Al
bajar del autobús, veo que todas mis amigas han entrado ya ha clase. Así que,
me dispongo ha hacer lo mismo.
Más
tarde.
Son las
dos, el colegio ha finalizado. Nos reunimos todas las amigas, por segunda vez
en el día, después del patio, claro.
Cada
una damos un tipo de bachiller distinto, por lo tanto no estamos en las mismas
clases, siempre nos juntamos en el patio, para salir y después del colegio, es
decir, en todos sitios menos en clase.
-¿Qué
tal os ha ido el día?
-Bien,
¿Alguien sabe donde esta Alexandra?
-No, yo
no la he visto en todo el día, y vamos a casi todas las clases juntas, supongo
que las demás tampoco la habréis visto.
Y de
repente, la menos habladora de todas nosotras, Laura, española, que vive aquí,
en Londres, desde hace poco, comenta:
-Creo
que Alexandra se había peleado con su novio, anoche hablé con ella y estaba
fatal… Supongo que no habrá venido por eso.
-Pobrecita…
estará destrozada. –Dije yo caminando hacia atrás como símbolo de que me
marchaba. –Chicas me tengo que ir, lo siento. Ya hablamos.
Y Angie
se me acercó por detrás y me dijo a la oreja si nos veíamos esta tarde, yo,
afirme con la cabeza.
Iba
camino a casa, mi cabeza solo sabía repetir su nombre, una y otra vez, no podía
más, esto era superior a mí. Recordaba su sonrisa, sus bromas, recordaba sus
movimientos; todo rondaba dentro de mi sin para, necesitaba unas vacaciones,
necesitaba algo que me ayudara a olvidarlo todo, pero, sinceramente, no estaba
segura de querer olvidarlo.
Angie
solo sabía repetir una y otra vez que un clavo sacaba a otro clavo, que debía
olvidar a Josh y todo eso, pero para mí, nada era tan fácil.
Llegué
a casa, todos estaban sentados, supongo que me esperarían a mi, probablemente
me retrase andando.
Todos
me saludan y nos sentamos a comer, ninguno de nosotros tiene nada que contar,
mamá y papá hablan de su trabajo, y James y yo, comemos en silencio.
Suena
mi móvil. Me levantó, y rápidamente voy hacia mi habitación.
-Dime.
-Hola.
–Dice Angie alegremente, su voz es inconfundible.
-Estoy
comiendo.
-Madre mía,
que arisca estas últimamente.
-No es
mi culpa… es que me estoy torturando sin querer.
-Sandy,
olvídalo de una maldita vez.
-No
puedo, no quiero. –Eso ultimo se me escapó, o quizá no.
-Necesitas
conocer gente.
-Es que
no quiero otra persona.
-Quedamos
esta tarde, y me lo vuelves a contar todo, todo lo que empezaste a sentir, poco
a poco, y te descargar.
-Venga.
Me parece bien. Me llaman para comer, a las siete en mi casa.
-Adiós.
Tenía
razón, últimamente estaba muy sosa, pero, no conocía a ninguna otra persona que
me pudiera ayudar a olvidarle, nunca había sentido nada igual.